Publicado en Página 12 en el Suplemento VERANO de 2012.
Por Juan Bautista Duizeide
Estaba ya oscuro y Jesús no había venido a
ellos.
Y se alzaban las aguas con un gran viento
que soplaba.
San Juan, VI, 17
Ahora que la mujer se calla un
momento, y el bar entero trepida al paso de los vagones de carga, pienso: no es
cierto que a la realidad le gusten las simetrías y los anacronismos. Nada
vuelve. Nada se repite. Irse es todo. Para siempre, para nunca más. Sin
embargo, mientras tomo otro sorbo de cerveza negra tan fría como este mes de
julio, y se pierde al fondo de las vías el lamento del tren, y rebota entre las
casas bajas del barrio hasta extinguirse en el silencio redondo de la noche, ya
voy cambiando de opinión: a veces los días se acercan a la música. Aires que
aparecen, se van, son sucedidos por otros, asoman, retornan, se desarrollan, se
entreveran. El tiempo aspira a melodía. Entonces se cree merecer un destino. La
gracia de una coda que redima los movimientos de la vida.
Texto en: NOCTURNA
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