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7 de julio de 2012

Bernardo Kordon y Cuentos de navegantes. Introducción

                                                                                                                                                                                Bernardo Kordon
               Comentario: De a poco iremos subiendo los cuentos del Libro “Los Navegantes”. Se trata de una publicación de Editorial Losada de 1972. A través de las sucesivas publicaciones es muy probable que algunos jubilados recuerden situaciones parecidas. Su texto pinta con fidelidad algunos trazos de una Marina Mercante que ya forma parte de la historia. A través de 9 cuentos los mismos personajes nos permiten ver sus circunstancias personales en diferentes épocas.

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Bernardo Kordon (Buenos Aires, 1915-Santiago de Chile, 2002). Escritor y periodista, es uno de los exponentes literarios de la década del 50. Sus relatos describen la problemática de la gran ciudad, Buenos Aires, protagonizada por quienes intentan sobrevivir a ella. Entre sus obras se destacan: Vuelta de Rocha (1936), Un horizonte de cemento (1940), La reina del Plata (1946) y Domingo en el río (1960). Con Historias de sobrevivientes (1983) ganó el primer Premio Municipal. Sus cuentos fueron traducidos al francés, inglés, alemán, ruso y chino. Murió el 2 de febrero de 2002.


30 de junio de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N°1 Maquinista Fernandez




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MAQUINISTA FERNÁNDEZ 


     Este es el Presidente Castillo. 14.000 toneladas de desplazamiento y 9.000 toneladas de carga útil. Nada de líneas modernas, pero mire el motor: seguro como ningún otro: un Sulzer SP72 que nunca se cansó de cinchar este barco con más historia que mina del Bajo. Se construyó en Francia, en los astilleros de Saint Nazaire, en plena guerra mundial. Fue proyectado antes de la ocupación; cuando llegaron los alemanes se prosiguió la construcción con orden de pronto lanzamiento. Nunca se aclaró las verdaderas causas del atraso de la construcción, pero lo cierto es que transcurrieron los primeros años de la guerra y el barco permaneció sin terminar, con la desesperación de los alemanes y la confusión de los constructores franceses. Bueno: no es difícil paralizar la construcción de un barco. Por ejemplo se sabotean los cables eléctricos. Cuando no funciona el sistema eléctrico de un barco hay que abrir todos los revestimientos de los puentes. 0 bien aparecían piezas con fallas. Un compresor con pérdida inmoviliza un barco. El sistema de refrigeración debió construirse tres veces.


23 de junio de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N° 2 Contramestre Zoilo I

Esto es parecido a un camión, pero un camión gigante y muy complicado, y todo funciona en relación a la carga. Por eso mi trabajo es importante: la vigilancia de la estiba y su conservación. El barco es como una fábrica que anda, pero aquí hay que tener en cuenta que el suelo se mueve y a veces corcovea. El mar puede parecer algo secundario, si se quiere domado por los barcos modernos, pero no es así. Cada vez que nos pesca un temporal esto cruje como si fuera a partirse en dos. Uno siente que no somos nada: ni el barco y menos nosotros la gente. Pero lo principal es que la carga debe quedar firme en su lugar. Eso lo aprendí en seguida de embarcarme en mi primer barco. Era el viejo Río Atuel, en verdad un barco italiano que se llamó Bella Principessa. Lo agarró la entrada de la guerra de Italia en Buenos Aires, y entonces el gobierno le puso la bandera argentina y con gente nueva lo fletó con trigo a España, que era país neutral. Yo no era el único novato y recuerdo a otro muchacho. Cuando llegamos a Las Palmas salimos juntos y nos hicimos amigos. Días después el muchacho rodó por una escalerilla (accidente de novato, según comentaron) y estuvo desmayado toda la noche. Al día siguiente amaneció en el mismo estado, se pensó en una conmoción cerebral, no sabíamos qué hacer. Entonces nos encontramos con otro barco argentino, el General Belgrano, que regresaba de Europa. Nuestro capitán resolvió que embarcáramos al accidentado en el General Belgrano, que estaba a sólo un día de navegación de Las Palmas, mientras que a nosotros nos faltaban varios días para llegar a Lisboa. Entonces comenzamos a descender el bote salvavidas para el traspaso del enfermo. A mí me encomendaron la misión de cuidarlo durante la maniobra. Lo llevaba desmayado en mis brazos. Era un muchacho de mi edad y con tan poca experiencia como la mía. Yo pensaba que el otro podía estar en mi lugar, y yo desmayado en sus brazos. Estaba recibiendo la primera y principal lección del mar: la solidaridad. Y además el mar se me hizo presente. Hasta entonces yo lo había visto desde arriba del barco y me parecía que siempre debía ser así. Pero resulta que el bote quedó a mitad de camino entre la borda y el agua, y no lo podían soltar porque el mar y el barco subían y bajaban por su cuenta de seis a diez metros. El océano jadeaba. ¡Me pareció la respiración de Dios! Sin embargo ese día el mar estaba tranquilo, sin grandes olas. Lo que se dice un espejo. Pero el bote de pronto rozaba el mar y en seguida aparecía colgado sobre el vacío. Entonces comprendí que muy fácilmente el bote podía ser tragado por el agua y en tal caso yo valdría tanto como mi compañero desmayado: no valíamos un pito frente al capricho del mar o cualquier falla del que dirigía la maniobra del bote. Porque la solidaridad en el mar no se muestra solamente con gestos sino necesariamente con la habilidad.

16 de junio de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N° 3 Primer Oficial Villafañe I

        No hace mucho tuve un problema legal, de poca monta pero bien molesto, por esas cuestiones de contrato de alquiler y demás. Usted sabe: en un caso así el abogado que nos pleitea no nos cae nada simpático, y además el que me citó no lo era de modo alguno. En fin: me llamó y lo tuve que visitar en su despacho. Al revisar el expediente se detuvo de pronto en mis referencias personales. Entonces me miró con atención, como si en ese momento yo dejara de ser un contrincante para transformarme en un ser humano.

9 de junio de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N° 4 Maquinista Fernandez II

        Marchábamos los cuatro en fila india por los baldíos que se extendían detrás de la cancha de Huracán. Yo encabezaba la marcha, pero caminando hacia atrás para contar esa larga película Los miserables. Aunque los otros ni me ponían atención, yo no quería cortar y más bien estiraba el relato. Eso me gustaba: ver las películas y después contarlas. Siempre creí que lo hacía bien, con mímica y todo. ¿Por qué no me ponían atención, si yo fui el único en ver esa película en el cine Rioja? Seguro que era por envidia: a mí nunca me faltó plata para ir al cine y los otros eran más pobres. Cuando querían cigarrillos se juntaban dos o tres para comprar un atado. Siembre se impuso Mentolado en comprar cigarrillos con menta y de eso venía su nombre.

6 de junio de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N° 5 Capitán Montero

        ¿Leyó ayer los diarios? En los Astilleros de Río Santiago botaron el Río Calchaquí, una flamante unidad de diez mil toneladas de desplazamiento. Un barco mercante, claro, pero como ocurre siempre, la marina mercante estuvo debidamente ausente en el acontecimiento. Hablaron tres almirantes. A todo esto se escucharon algunos chiflidos de los obreros, pero esto es harina de otro costal. Lo cierto es que en la botadura de un barco mercante no hablaron los constructores ni los marinos que van a conducirlo. Pues para lodo festejo en el mar, funciona casi con exclusividad la Marina de Guerra. Para algo, digo yo, son marinos intensamente preparados para los cocktails. Porque a los marinos acostumbrados a masticar galleta dura, les siguieron los actuales marinos de buffet froid con whisky y blanco de pavita. No tienen por qué saber nuestra profesión, es cierto. No estudiaron los problemas de la navegación mercante, pero son ellos quienes fijan las normas del desenvolvimiento de nuestra profesión. Se consideran los únicos marinos con que cuenta el país, al menos los más capacitados. De modo que excelentes navegantes, con gran experiencia en la marina mercante, están subordinados a militares que saben menos que ellos, por la sencilla razón que su experiencia en el mar es otra y con problemas distintos. En las empresas gubernamentales como la nuestra, los técnicos de la marina mercante responden a una reglamentación vertical: apenas son simples informantes, no siempre tenidos en cuenta por sus superiores. Por supuesto que muchas veces los técnicos verdaderamente capacitados terminan por retirarse y quedan los otros, los mediocres y paniaguados de siempre.

2 de junio de 2012

Bernardo Kordon, " Los Navegantes", Capítulo N° 6 Contramaestre Zoilo II

        Después de la guerra me sacaron de la línea a New Orleans y me nombraron contramaestre en el Río Teuco. Hacíamos la línea al Atlántico Norte. Esa vez desembarcamos cereal y cueros en Hamburgo y después fuimos a cargar en Rotterdam. Era poco después de terminar la guerra y entonces importábamos los tubos de luz fluorescentes. Me habían encargado de vigilar el trabajo de ocho hombres, y la disposición de una carga muy liviana pero extraordinariamente delicada. Los estibadores eran buenos, pero solamente hablaban holandés, de modo que yo debía ingeniarme para hacerme entender. Imagínese: era mi primer viaje de contramaestre, así que mantenía toda mi atención en el trabajo. Recuerdo que ya habíamos llenado una bodega y completábamos la segunda. Estaba así vigilando la estiba cuando tuve la impresión de que una sombra se deslizaba detrás de mí. Creí que podía ser un estibador que se retiraba del trabajo sin avisarme, y eso no me gustó. Conté entonces mi gente y allí estaban los ocho holandeses acomodando las cajas de tubos que bajaba la grúa. Entonces le eché la culpa a los nervios, mejor dicho al hígado, por la cerveza con ginebra que anduve tomando la noche anterior. Pero al día siguiente sentí la misma impresión. Me di vuelta rápidamente y alcancé a ver como una sombra que desaparecía en la escalerilla, algo así como el talón de un tipo que se escabulle.

20 de mayo de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Cuento N° 7 Primer Oficial Villafañe II

Después el Río Atuel fue dedicado a la línea de New Orleáns. Viajamos directamente a Pernambuco. Comenzaron a detenernos los submarinos, pero preguntaban lo mismo: destino, carga, y cosas así. Llevábamos el buque iluminado como árbol de Navidad, Rio Atuel y Argentina pintados a babor y estribor con letras tan grandes que ocupaban todo el largo del barco. Por suerte nunca tuvimos fallas en el equipo eléctrico, porque un barco chileno que apagó las luces de país neutral al entrar en New York fue hundido por un submarino alemán.

19 de mayo de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Capítulo N° 8 FIDELA

Muchas veces estuve tentado en escribir, aunque fuese unas pocas líneas, apenas con el número de mi libreta cívica y la sucursal del correo de mi barrio para que alguien me mandara una carta. No lo hice enseguida, pero seguí comprando Romance y ninguna de sus fotonovelas me hizo soñar tanto como la lectura del Consultorio Sentimental. De pronto el corazón me golpeaba por algunas cosas que me imaginaba. Y no me gustaban tanto esas cartas largas, escritas con mucho sentimiento y palabras bonitas, sino por lo contrario me atraían aquellas de pocas palabras, como si fueran avisos económicos. Se me ocurría que esas cartas escondían misterios, me parecían escritas por hombres con antifaces, esos Z con capas que tanto me emocionaron en los carnavales de mi infancia, o bien espías que miden las palabras y los movimientos porque se juegan la cabeza a cada momento, y yo también sentía algo parecido, (como si jugara la cabeza o me desnudara en plena calle), cada vez que tomaba la lapicera para escribir mi carta, y después de anotar unas líneas la dejaba para terminarla después, pero al volverla a leer me sentía fría y avergonzada de lo que estaba haciendo. Entonces rompía la carta en muchos pedazos y la tiraba en el excusado. Pero una noche terminé la carta de un tirón. Al releerla la encontré demasiada larga, contando cosas que a lo mejor no venían al caso. Por ejemplo decía que no era joven ni vieja, que me encantaba la buena música y que tenía un buen pasar. En fin: me pinté tal como soy, sin ponerme antifaz. La mandé a Romance y salió publicada dos semanas después. Esperé recibir muchas cartas, o bien ninguna, pero resultó una sola, y breve esa carta que aun conservo, de letra apretada y diciendo pocas cosas, una carta más bien fría pero correcta. Me imaginé entonces un, hombre de antifaz, un Z con larga capa negra y entonces resolví contestarle y nos encontramos el primer domingo. Fue en Plaza Flores, frente a la iglesia. Nos reconocimos porque convenimos llevar la revista Romance en la mano.

12 de mayo de 2012

Bernardo Kordon, "Los Navegantes", Capítulo N° 9 Capitán MONTERO II

        Un buen día me asignaron el comando del Río Jachal. Al día siguiente yo estaba acomodando la ropa en los cajones del armario de mi camarote, cuando tuve la sensación que sin decir palabra alguien me dirigía un S.O.S. Me di vuelta y ahí estaba el capitán Rivedo. No se había hecho anunciar. En la puerta del camarote vacilaba entre el deseo y el temor de entrar.

        —Buen día, capitán —lo saludé—. Entre usted y póngase cómodo, por favor.